Todo el mundo habla de marketing. Marketing digital, marketing de contenidos, marketing de influencers, marketing político, marketing personal, marketing gastronómico, marketing interno… La palabra se ha convertido en un comodín que sirve para explicar casi cualquier cosa.
Pero si todo es marketing, ¿qué es realmente el marketing?
La pregunta no es tan sencilla como parece. Porque el marketing que conocimos durante buena parte del siglo XX ya no es lo que era.
En su origen, el marketing nació como una herramienta para ordenar y dirigir el proceso comercial: investigar el mercado, entender la competencia, definir el producto, establecer el precio, decidir cómo distribuirlo y, finalmente, comunicarlo. Las famosas cuatro P —producto, precio, punto de venta y promoción— resumían bastante bien aquella manera de entender el negocio. El consumidor ocupaba un lugar secundario: era, fundamentalmente, alguien a quien había que convencer para que comprara.
Pero el mundo cambió.
Los productos empezaron a parecerse cada vez más entre sí. Llegaron las marcas, Internet, las nuevas tecnologías, las redes sociales y, sobre todo, un consumidor mucho menos pasivo. El poder fue desplazándose progresivamente del mercado hacia las personas.
Y eso lo cambia todo.
Hoy ya no basta con fabricar algo y buscar después la manera de venderlo. La relación con el consumidor empieza mucho antes de la compra y continúa mucho después. Importan la experiencia, la confianza, la transparencia, la reputación y todos los contactos que una persona mantiene con una empresa o con una marca.
Tenemos un problema con la palabra marketing.
La hemos utilizado tanto y para tantas cosas que ha terminado perdiendo precisión. Cualquier acción comercial, cualquier campaña de comunicación, cualquier ruido mediático o incluso cualquier intento de aparentar lo que no se es acaba calificándose como “marketing”. Hasta hemos convertido “es puro marketing” en una manera de decir que algo es falso, artificial o simplemente una operación de maquillaje.
Cuando todo es marketing, nada es marketing.
Porque una palabra que pretende significarlo todo acaba por no significar nada.
El marketing tradicional no ha desaparecido porque hayan dejado de existir los mercados, los productos o los consumidores. Ha desaparecido como centro de gravedad de la empresa. Muchas de las funciones que antes concentraba se han fragmentado entre especialistas, mientras que las decisiones verdaderamente estratégicas se han desplazado hacia ámbitos mucho más amplios: la marca, la comunicación, la innovación, la experiencia del consumidor y la propia cultura de la compañía.
Entonces, ¿qué es el marketing?
Quizá hoy debamos empezar por decir qué no es.
No es hacer ruido. No es disfrazar un mal producto de bueno. No es publicar en redes sociales. No es hacer una promoción. No es conseguir notoriedad a cualquier precio.
Marketing debería ser, antes que nada, entender a las personas y construir una relación de valor con ellas.
Y si para conseguirlo necesitamos llamar a todo marketing, quizá estemos perdiendo de vista lo más importante: que el verdadero trabajo no está en ponerle un nombre a las cosas, sino en hacer que funcionen.
Tal vez por eso el marketing necesita menos apellidos y más significado.